Distintos poderes que pueden

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Distintos poderes que pueden

Mensaje por M.Kaminecky el Sáb Dic 02, 2017 8:42 am

DISTINTOS PODERES QUE PUEDEN

En las últimas décadas hay una notable intención de tomar en serio a las llamadas sociedades primitivas, sociedades etnográficas, sociedades no capitalistas. La humanidad del presente está encontrando dificultades para resolver los problemas que presenta la convivencia en un planeta que funciona con la lógica de la mono-organización, desde un modelo de gestión económica basada en la rentabilidad y la eficacia, una modalidad delegativa de administrar el poder que triunfó en la revolución francesa de un país de Europa y que luego con la fuerza de la violencia , las armas y los abusos se extendió al resto del mundo desconociendo las particularidades de cada región , y finalmente , un paradigma de pensamiento racional que se convirtió en predominante a fuerza de excluir y negar otros modos existentes en sociedades consideradas atrasadas.
Desde el evolucionismo, que fuera el paradigma dominante a partir de la segunda mitad del siglo XIX, las sociedades simples se caracterizaron como sociedades desprovistas de tecnología, de escritura, de organización política, de pensamiento. Esta definición se fabricó en los pueblos llamados civilizados y fue llevada a cabo por ellos mismos sin ninguna consideración sobre aquellos otros a los que estaban definiendo.
El primer golpe que impugnó esta valoración lo asestó el antropólogo Levi Strauss, en el contexto de una Europa reflexiva que se detuvo a pensar qué era capaz de hacer después de comprobar los horrores generados durante la primera mitad del siglo XX. L. Strauss dejó claro que el pensamiento salvaje no se distingue del pensamiento científico por carecer de lógica sino por construirse sobre una lógica diferente. A partir del reconocimiento de que el hombre primitivo piensa, reflexiona y filosofa sobre las cosas de la vida igual que el hombre moderno, sólo que con otro abordaje de la naturaleza, el resto del andamiaje del paradigma empezó a desmoronarse mediante distintos planteos críticos.Por ejemplo la misma suerte que el pensamiento sufrió la presunción de que el nomadismo y la promiscuidad de la familia es algo propio de los pueblos primitivos, siendo que la selección de la monogamia como estrategia de matrimonio ya se encuentra hace unos cuatro millones de años según las especulaciones antropológicas que permitieron las pisadas de Laetoli.
Para estas sociedades tampoco se les reservó la organización y el ejercicio del poder, es decir se trataban de sociedades salvajes que ni política tenían. Que las sociedades ágrafas fueran consideradas sin estado desde la ciencia occidental significa que en ellas no se encuentra separada la esfera política de la social. En las sociedades no centralizadas el parentesco es un elemento muy importante para la organización, tan importante como la distribución desigual de recursos materiales y simbólicos en nuestra sociedad . También las creencias se entraman de manera vital con la política y el parentesco, porque los grupos que se distinguen en las sociedades están vinculados con algún culto a los antepasados. Es así, que en estas sociedades el poder no se lo concibe separado de la sociedad, no existe como dimensión separada de las otras, la económica, la social y la religiosa, es un todo indistinto como ha sido y sigue siendo, ya que en la realidad lo social se presenta de manera integrada con lo político, económico y cotidiano – en esto se va nuestro esfuerzo de pensar la realidad socio histórica como proceso- y las distinción de fases, capas, dimensiones, niveles, lo hacemos desde un modo de pensar la realidad analíticamente, producto del desarrollo de las ciencias que fueron dirigidas desde los poderes hegemónicos hacia un tipo de explicación desmereciendo otras. Si las sociedades ágrafas privilegiaban el todo antes que las partes, nosotros, a la inversa, privilegiamos la parte, el individuo, antes que el todo, se trata de dos perspectivas diferentes que no implican superioridad ni inferioridad. Sin embargo para el pensamiento Occidental este modo de entender el mundo representaba una limitación, una incapacidad. Ahora podemos entender que concebir el universo socio-cultural como una unidad no tiene nada de incapacitante sino que se trata de otra concepción que predominó en la cultura humana y que hasta el 4000 a.C. resolvió bastante eficazmente el ejercicio y la administración del poder en las sociedades humanas.
Los sistemas políticos no centralizados se suelen caracterizar , sin desconocer que toda caracterización implica la selección de algunas de sus características, por la existencia de un poder temporal y fragmentario, generalmente repartido entre familias, linajes, asociaciones. Si una situación puntual ( amenaza, defensa de territorio, cacerìa etc) amerita cierta centralización de las decisiones suelen formarse temporalmente grupos políticos más amplios para hacer frente a esa situación, pero desaparecida la amenaza o situación se disgregan, en este sentido se puede hablar de la existencia de un poder fluído, y no un poder estructural, permanente. No suele encontrarse monopolio de la fuerza coercitiva en los términos que se encuentra en las sociedades modernas, tampoco un sistema impositivo centralizado y el acceso a los liderazgos se basa en cualidades personales, aquellas relacionadas con el conocimiento práctico y la comprensión y respeto a la tradición y los valores comunes, en las sociedades no civilizadas nos dirá L. Strauss existe un esfuerzo constante por sostener la tradición, y evitar que las fricciones aceleren la degradación del presente. El líder que resulta de este tipo de sociedades carece de poder coactivo, no manda más bien arbitra con el control de la comunidad a la que debe interpretarla. El sabe lo que quiere la comunidad no él mismo.

En nuestras sociedades modernas el poder está centralizado en un grupo de personas ( elite permanente) que asume la representatividad de la comunidad o pueblo y se autoasigna esa representatividad que luego es reafirmada o negada por medio de dispositivos de consulta más o menos democráticos. Existe una forma especial de control: este grupo de personas ejerce a través de una serie de instituciones el control de la jerarquía ( el sistema está basado en la estratificación) que le permite un acceso diferencial a los recursos materiales y simbólicos. Existe además la especialización profesional para cubrir los cargos de una burocracia profesionalizada, y también leyes impersonales respaldadas por sanciones para administrar los conflictos y tensiones.
El líder primitivo, no tiene poder en el sentido occidental porque no toma decisiones como jefe para imponerlas a la comunidad, sino que sus actuaciones y decisiones responden al deseo, la voluntad de la tribu. Este poder que para occidente es un derecho del líder, en la sociedad primitiva es un deber más que un derecho.
Sí tiene prestigio, producto de sus habilidades y cualidades como funcionario de relaciones exteriores, por su capacidad de gestionar las relaciones con otras sociedades , pero también por los atributos que se le reconoce por llevar a cabo la voluntad de la sociedad, y es en función de ese prestigio que su palabra resulta atendida, escuchada por la comunidad, es decir por no apartarse del punto de vista de la comunidad que por otra parte al no distinguirse las dimensiones puede interpretar a la sociedad como un todo.
El líder o jefe de la comunidad procede con una estrategia diferente a la política occidental. Para ésta la consigna es acumular poder, cuanto más amontona y alardea para sí el líder, más eficaz será su presión- acción en nombre de los intereses del grupo que representa; mientras que en las sociedades ágrafas la eficacia de poder es producto de la donación, regalo , obsequio, derroche. Según el antropólogo francés M. Godelier cuanto más dona y ofrece el líder primitivo mayor es el beneficio de poder de representación de la comunidad como un todo ; desafiando a otra comunidad con ofrendas, ceremonias, fiestas, el líder disputará su lugar de prestigio ante otra comunidad- o líder- que ahora se ubica como deudora de donación.
Un punto central en las sociedades ágrafas es que aquellos que nosotros llamamos líderes no tienen poder en los términos que nosotros entendemos. Los jefes, no pueden ejercer poder sobre la comunidad, a lo sumo se los puede interpretar como un funcionario que es útil, que asume la voluntad de la sociedad como totalidad , asume el compromiso de buscar afirmar la autonomía de la sociedad en relación a otras , por lo tanto sus habilidades tienen que ver con el manejo de las relaciones internacionales, con su talento diplomático, como también su disposición guerrera. En estas sociedades la lucha pasa siempre por evitar la anexión a otra sociedad, la unificación en un estado lo que significaría la pérdida de autonomía.
La división en niveles o dimensiones que está tan naturalizada entre nosotros, los hombres modernos, comenzó con los griegos que descubrieron que la esencia de lo social es lo político- ellos definieron el hombre como animal político- Además, sostuvieron lo político a partir de la separación entre los que saben y mandan y los que no saben y obedecen, es decir, la separación entre dominadores y dominados.
Para nuestra cultura lo político es el ejercicio del poder ( legítimo o no) de algunos sobre el resto de la sociedad, no de la comunidad como un todo, como una unidad equivalente. Por eso para los griegos la falta de ejercicio de poder de un grupo o una persona sobre otros significaba estar fuera de la sociedad. Las sociedades que no tenían jefes, donde no se distinguiera que alguien mandaba y otros obedecían, eran declaradas incivilizadas.
Pierre Clastres, el antropólogo francés, discípulo de L. Strauss señaló que la división que funciona en las sociedades primitivas es la de amigo/enemigo y tiene que ver con la “guardia” permanente ante el peligro de integración forzosa, de pérdida de autonomía. No es que las sociedades primitivas son apolíticas entonces, o no tienen estado porque son embrionarias, sino que en realidad no tienen estado porque se niegan a ello, rechazan la división de la totalidad en dominadores/dominados, es decir, se oponen a la aparición de un órgano de poder separado y de esta manera conjuran la aparición de la desigualdad entre el jefe y la tribu. Estas sociedades no quieren perder la libertad ni ser sometidas por el estado.
La preocupación por mantener la autonomía de la sociedad, se puede ver en el hecho de que cuando se ponen en contacto con otra sociedad el jefe habla en nombre de la comunidad. Enrique Dussel, filósof0 argentino, que intenta describir la política como totalidad, para desmontar esta separación que aún se puede encontrar en la tradición de la cultura americana, entiende que nuestra política proviene de una corrupción originaria, que él denomina fetichismo del poder, que consiste en que el actor político, el representante de la comunidad, cree poder afirmar su propia subjetividad como la sede, la fuente de su representatividad. Los miembros del gobierno creen que ejercen el poder desde su autoridad auto-referente, es decir, referida a sí mismo.
Este es un ejercicio corrompido porque todo poder de toda institución tiene como referencia el poder de la comunidad, o el pueblo. La corrupción originaria consiste en que el gobernante se cree sede soberana del poder y la comunidad política se lo permite.
En las sociedades primitivas el lugar real del poder es la sociedad, no la jefatura , y el jefe está vigilado por la sociedad para evitar que le tome el gusto al prestigio y éste se torne en deseo de poder.
Disputar poder a quien lo tiene , a los grupos que lo monopolizan, que lo imponen por la fuerza y consenso, significa intervenir con el pensamiento ( la conciencia) y la acción , es decir con la participación social o comunitaria.
En nuestras sociedades, el concepto de participación de la comunidad se convirtió, a partir de los años ´70, en una suerte de receta para lograr ampliar la participación del poder de los sectores subalternos en los proyectos de desarrollo en contextos de pobreza socio-económica. Esta participación es por cierto muy contradictoria y ambigua y aunque no se puede desconocer los progresos que hemos alcanzado desde el siglo XIX, sin embargo la representación de los sectores subalternos sigue siendo objeto de limitaciones, negaciones, descalificaciones desde el criterio de su competencia y capacidad sin contextualizar histórica y socialmente los procesos de conciencia, ni tampoco asumir la alta responsabilidad que le asiste al propio polo hegemónico en la construcción de este esquema de pensamiento y actuación, que si se ha apartado a lo largo de la historia, ha sido producto de la tenaz resistencia y rebeldía que aún los pueblos siguen sosteniendo.
En los años ´70, el modelo de desarrollo económico había admitido la idea que ya era evidente que el crecimiento en el mundo capitalista no significa desarrollo; por eso para atender los problemas que genera la pobreza se propusieron programas de cobertura de las necesidades básicas, es decir de reducción de la pobreza y no de crecimiento económico. El modelo de gestión de desarrollo ponía énfasis en la participación de la comunidad y por eso se llamó desarrollo endógeno. La hegemonía se construye en diálogo con las clases subalternas porque garantiza cierto control de las tensiones mediante la ambigüedad de la inclusión-exclusión, pero además porque necesita legitimarse como sistema democrático de respeto al pueblo.
Se trataba de pensar en un mejoramiento de las condiciones de vida no tanto en el crecimiento. Con el objetivo de reducción de la pobreza los pobres pasaron a formar parte del desarrollo y por eso para llevar a cabo este plan era necesario involucrar a la comunidad local, ya sea para legitimar la estrategia de abordaje de la pobreza, los resultados que seguramente no serían notables y para que los propios sectores empobrecidos colaboren en corregir las consecuencias que genera el sistema.
En la década del ´80, en un ciclo de concentración de la riqueza que aumenta la exclusión, las entidades financiadoras de programas de reducción de la pobreza quieren controlar los aportes y ajustar. Para eso proponen una de las salidas más corriente que es la del achicamiento del estado, y con ello los cambios en los objetivos que esta vez se dirigen al crecimiento económico y no la reducción de la pobreza.
Las políticas neoliberales que promueven el achicamiento del estado dan lugar a la tercerización de los servicios sociales a manos de entidades no gubernamentales. Así se gesta el modelo mixto de gestión que recoge la participación del estado, los organismos gubernamentales y las Organizaciones comunitarias.
Las Naciones Unidas y las Agencias de Cooperación bilateral cuestionan la homogeneización de la pobreza, que se entiende es compleja y con múltiples facetas y para aproximarse a su heterogeneidad deciden realizar consultas a los pobres por eso es el momento de auge de las metodologías de investigación participativas.
Hay que destacar este aspecto, el de la participación de la comunidad pero en realidad sobre esta participación siempre existió la sospecha de que estaba encubriendo una privatización de la cuestión social que se traduciría en reducción de las políticas universales, y la generalización de políticas paliativas. Por otra parte las consultas fueron más bien formales porque no transferían poder para producir participaciones significativas.
En la década del ´90 la exclusión que generó las políticas neoliberales es considerada como consecuencia inevitable. La preocupación por la pobreza pasa por evitar la multiplicación de los efectos de privación y postración. Aparecen programas focalizados de atención a grupos vulnerables con la participación de los vecinos de cada barrio, pero al no estar insertos en un proyecto que contemple la reinserción a largo plazo, sólo produjo efectos difusos y parcelados. Las ayudas eran momentáneas y no producían efectos de empoderamiento e inclusión real a largo plazo.
La participación apuntaba a transferir la responsabilidad del estado a los ciudadanos, a los habitantes de los barrios con la retórica de que la comunidad debe involucrase y decidir sobre sus prioridades, y además derivó en una despolitización de sentido del concepto de participación y empoderamiento. Suele ocurrir con los conceptos, la estereotipación y simplificación de los mismos los vuelve inocuos y confusos, como ocurrió con el concepto de izquierda, que frente a uso abusivo de su carácter para políticas de nacionalismo burgués, populismos, que no son anticapitalistas, el concepto se despolitizó y terminó asociado a la idea de progresista para el que solamente se le reclama la disconformidad de lo existente en el marco de lo posible, obturando lo que es deseable, lo otro.
Por eso hay que distinguir participación real de participación simbólica.
En la participación real los miembros de la comunidad ejercen poder-. A través de sus pensamientos y acciones- en todos los procesos de la vida comunitaria, ya sea en la toma de decisiones, planificación, implementación, evaluación y corrección de los programas destinados a la comunidad, y fundamentalmente en el control de los recursos que facilitan la participación
La participación simbólica nos remite a una influencia mínima y superficial, que en realidad genera la ilusión de participación porque la toma de decisiones se realiza en las capas gerenciales o burocráticas del estado u otras organizaciones, y sólo se hace participar a la comunidad en la etapa consultiva aportando trabajo pero no intervienen en las decisiones. El diseño del proyecto de resolución está en realidad en manos de actores externos.
El empodertamiento remite a la obtención de poder, y está estrechamente ligado a la lucha y participación de la comunidad. La participación es una condición necesaria pero no suficiente para obtener poder porque para que haya empoderamiento debe haber una transformación real de las asimetrías que crean y refuerzan las relaciones sociales de poder. Hay que tener en cuenta que la noción de poder se define en el marco de relaciones asimétricas, de grupos que poseen diferentes posiciones, reconocimiento, recursos reales y simbólicos para ejercerla, es decir es desigual la disposición de mecanismos que permiten ejercerla. Hasta tanto estas disparidades no se equilibren la participación no resulta en un empoderamiento real, para esto, debe cambiar las magnitudes de recursos para que cambie las valoraciones que acarrea la posesión de esos recursos y pueda disputarse poder de decisión y control en mayor igualdad de condiciones.
De manera que el empoderamiento no se trata de una lucha simbólica de incremento de lugares simbólicos y de reconocimiento solamente. Los grupos deben convertirse en actores activos, que luchan por su espacio de poder y puedan avanzar en sus derechos y manejo de recursos para la satisfacción de las necesidades.




BIBLIOGRAFIA
Clastres, P. 1978. “ La cuestión del poder en las sociedades primitivas”. En Antropología política. Gedisa.
Dussel, E. 2012. Para una política de la liberación. Bs. As. Ed. Las Cuarenta.
Svampa, M. 2000. Desde abajo.Las transformaciones de las identidades sociales. FLACSO: Universidad Nacional general Sarmiento. Ed. Biblos.
Colmegna P. Clase virtual Antropología política. Biblioteca FLACSO.
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